Cuatro edificaciones temporales que terminaron siendo permanentes

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Desde las primeras civilizaciones se han construido una minoría de edificios destinados a durar eternamente. Desde el siglo XIX la tendencia es que toda nueva edificación se construye para ser durable, mientras que ciertas estructuras levantadas de forma temporal han conseguido sumarse a el carro de edificaciones permanentes. Analizamos los cuatro casos más famosos.

Desde siempre, en todas las civilizaciones, ha existido una curiosa dicotomía que se ha perdido en nuestra época. Desde la revolución urbana en Sumer que pone fin al Neolítico, los humanos comenzamos a diferenciar dos tipos de estructuras de entre todas las que se comenzaban a construir. Por una parte se erigían construcciones pensadas para durar eternamente, general y únicamente de tipo religioso. Estas se realizaban en los mejores materiales constructivos existentes y podríamos decir que son las que han hecho avanzar la arquitectura con nuevas mejoras y técnicas. Por otra, viviendas y equipamientos civiles, sin la más mínima intención de perdurabilidad.

Los zigurats babilónicos; las pirámides (de las que ya hablamos el otro día al hilo de su color original), mastabas, speos e hipogeos egipcios; los templos griegos; las grandes mezquitas, sinagogas y catedrales del medievo (…) son ejemplos de la primera clase de estructuras. Todos ellos están pensados para sobrevivir al hombre y durar “para siempre” en tanto que pretenden ser un reflejo en la tierra de un ente todopoderoso superior. Es por eso también que generalmente emplean un cánon superior al de un edificio ordinario, con enormes distancias desde el suelo a los techos, puertas descomunales y gigantes columnas que hacen sentirse pequeño y ridículo al visitante en comparación de la grandeza de la deidad que habitaba el lugar.

Torre de Babel de Brueghel

Son edificaciones que impulsan la arquitectura hacia nuevos niveles, reuniendo las técnicas y sistemas constructivos más avanzados (uso de piedra y minimización de las partes en madera para prevenir incendios o nuevas formas de distribuir las cargas que permiten erigir bóvedas), muchas veces sirviendo de campo de experimentación, en tanto que son edificios destinados a sobrevivir ya no sólo a los hombres que los construyen, sino a todas las inclemencias del tiempo y desastres naturales. Por ejemplo, el gran avance del Gótico frente a su antecesor, el Románico, radica en un innovador sistema constructivo que mediante arbotantes permite aligerar las cargas que soportaban los muros de las catedrales. Esos arbotantes derivan los empujes a contrafuertes exteriores y permiten adelgazar los gruesos muros románicos (que tenían estas características por su función sustentante) posibilitando la apertura de enormes ventanales que, cubiertos por vidrieras de mil colores, convierten los templos en auténticas cajas de cristal donde el muro queda con una mera presencia testimonial como en la Sainte-Chapelle de París.

Sección de una catedral gótica

Una vez que los avances arquitectónicos se consolidan en los edificios destinados a durar será cuando den el salto a la arquitectura perecedera. Y dentro de esta otra clase de estructuras, encontramos la mayoría de construcciones civiles y residenciales. De las más antiguas civilizaciones (Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma) sólo tenemos prácticamente restos de palacios y templos, mientras que muy pocas viviendas se han conservado. El templo y el palacio eran la representación arquitectónica del poder religioso y político, pero las viviendas simplemente eran eso, simples y llanas viviendas. Por eso se realizaban en paja y adobe (Mesopotamia y Egipto) o, además, usando ladrillo (Grecia y Roma). Eran edificios que no estaban pensados para durar, y por ello si eran destruidos podían volver a ser levantados con una inversión relativamente baja. Esta es la simple razón de que, después de miles de años de guerras y conflictos, sólo hayan resistido a ellos las estructuras más “duras”.

Conforme han ido avanzado los siglos, esa dualidad entre edificaciones durables y no-durables se ha ido difuminando, hasta que en el Renacimiento se suman a la categoría de construcciones destinadas a sobrevivir la mayoría de edificios civiles (ayuntamientos, lonjas, almacenes municipales) en tanto que son la expresión de un nuevo poder emergente: la burguesía urbana. Con el siglo XIX serán otros edificios los que pasen a engrosar esa categoría: estaciones de ferrocarril, puentes, grandes obras de ingeniería y una nueva categoría de edificaciones civiles (parlamentos, senados, museos), en tanto que vuelven a encarnar los nuevos poderes del incipiente capitalismo y la democracia.

Grand Central Station, Nueva York 1934

Grand Central Station, Nueva York 1934

Con la entrada del siglo XX ese dualismo se pone patas arriba, y hacia 1950 en occidente ya no se distingue entre edificios duraderos y no-duraderos. Las construcciones residenciales comienzan a elevarse con novedosas técnicas arquitectónicas que las hacen prácticamente indestructibles y destinadas a durar para sobrevivir por muchísimos años a sus moradores: rascacielos, edificios antisísmicos…

Pero, dentro de esa corriente que arranca a finales del siglo XIX en la que todo se construye para ser permanente, destacan con fuerza las pocas estructuras que se constuyen específicamente con caracter temporal, y, en muchos casos, de forma que puedan ser desmontadas fácilmente. Cuatro de ellas destacan porque, pese a su idea inicial de ser temporales, han conseguido cambiar su estatus al de permanentes.

La Torre Eiffel

La Torre Eiffel

Levantada por el ingeniero francés Gustave Eiffel en 1889, es el edificio paradigmático de las estructuras temporales que terminaron convertidas en permanentes. Sus 330 metros de alto están logrados mediante una infinidad de piezas de hierro pudelado unidas mediante remaches que la hacían perfecta para ser desmantelada al final de la Exposición Universal de 1889 en París, de la cual no era más que la atracción estrella como pudo ser el monoraíl de la Expo’92 de Sevilla (¿alguien lo recuerda hoy? fue desguazado en cuanto acabó la Expo, y su vehículo presta servicio actualmente en un centro comercial de Zaragoza). Pero la inicialmente llamada “torre de 330 metros” se acabó ganando el corazón de los parisinos (y el indulto) tras cosechar nada menos que dos millones de visitantes durante el periodo que duró la Exposición, con casi 30.000 visitantes subiendo a pie por las escaleras hasta la zona superior en su primera semana con los ascensores aún no operativos.

El Palacio de Bellas Artes de San Francisco

Palacio de Bellas Artes de San Francisco

Construido como atracción para la Exposición Internacional Panamá-Pacífico de 1915, fue diseñado por Bernard Maybeck como una construcción monumental inspirada en la arquitectura griega y romana, ubicada junto a un lago y paseos ajardinados que albergaría las obras de arte de los países y territorios representados en la Exposición. A la clausura del certamen, en el cual formaba parte junto con otros nueve palacios (Educación, Artes Liberales, Manufacturas, Industrias Varias, Agricultura, Alimentación, Transporte, Minas y Metalurgia, Maquinaria) del cuerpo arquitectónico construido ex profeso, se plantea su derribo junto con los otros nueve edificios. Con lo que no contaban los organizadores fue la Liga de Preservación del Palacio, que removió Roma con Santiago hasta conseguir que el edificio fuese indultado. Sobrevivió en estado original hasta 1964 sirviendo desde de parque de bomberos hasta central telefónica o parking de limusinas de los jefes de estado de la ONU, para ser finalmente derruido en ese año, salvándose su estructura metálica y reconstruyéndose en materiales más ligeros y durables con total detalle en base a moldes.

El Pabellón de Alemania en Barcelona

Cuatro edificaciones temporales que terminaron siendo permanentes

Más conocido simplemente como “el pabellón de Mies”, fue erigido por el famoso arquitecto Ludwig Mies van der Rohe como pabellón de Alemania para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, queriendo representar arquitectónicamente la vanguardia y modernidad de la nueva República de Weimar alemana tras el desastre que supuso para el país la Primera Guerra Mundial. Levantado en mármol blanco y negro, acero y cristal y con un mobiliario mínimo (las famosas “sillas Barcelona” del arquitecto, y unas cortinas rojas que junto al mármol negro y al amarillento crean una composición con el mismo cromatismo de la bandera de Alemania) ha terminado por convertirse en uno de los iconos del Movimiento Moderno arquitectónico. Aunque fue desmontado al finalizar la Exposición, se reconstruyó en 1986 utilizando los planos y materiales originales. Actualmente es sede de la fundación que lleva el nombre del arquitecto y suele acoger exposiciones temporales y actos públicos.

London Eye

London Eye

También conocido como “Millenium Wheel” (noria del milenio), London Eye fue construido entre los años 1999 y 2000 como conmemoración del nuevo milenio. En el momento de su apertura se convirtió con sus 135 metros en la mayor noria del mundo, rotando unos 26 centímetros por segundo (una rotación completa tarda aproximadamente 30 minutos) sin tener que parar para recoger pasajeros. Pese a haber sido autorizada su construcción con un permiso para su operación de tan sólo cinco años, las altas cifras de visitantes (8 millones y medio en los dos primeros años) consiguieron que London Eye se convirtiese en el símbolo de la modernidad de Londres, como en 1989 hiciese la Torre Eiffel con París. Es por ello que fue indultada y continúa en funcionamiento, pese a los cambios de patrocinadores y diferentes disputas económicas acaecidas en el seno de sus gestores.

¿Se te ocurre algún otra estructura concebida como temporal que se haya terminado ganado también la permanencia?

Archivado en Arquitectura, Barcelona, Londres, Mies Van der Rohe, París, San Francisco, Torre Eiffel
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