El verdadero color de nuestros edificios más célebres

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Acostumbrados a décadas de verlos tal y como son en fotografías y televisión, a veces no somos conscientes que muchos de nuestros edificios más emblemáticos como la Pirámide de Kéops, el Partenón, el Coliseo o la Estatua de la Libertad, no siempre han sido del color que lucen actualmente.

Normalmente no solemos prestar atención a este tipo de detalles, o al menos hasta que ocurre algún tipo de restauración desafortunada (véase la de la Catedral de Burgos que hace unos años la dejó rosada). Si nos preguntasen de qué color era la Gran Pirámide de Egipto, ¿qué contestaríamos la mayoría? Seguramente que “igual que el que tiene ahora”.

Y es que los humanos tenemos la tendencia a pensar que las cosas eran originariamente de la misma forma y color que como las vemos hoy día, ya que desde que tenemos recuerdos fotográficos (poco menos de dos siglos) siempre recordamos haber visto los edificios tal y cómo siguen ahora. “Toda la vida han sido así”, y en parte es cierto, ya que somos un animal visual, y todos los recuerdos visuales de nuestra vida y de las generaciones anteriores recogen las mismas formas y colores, aunque no por ello en la época de su construcción también tuviesen la apariencia actual.

La respuesta a la pregunta de la Pirámide de Kéops, es que era blanca, dorada y muy brillante. Las pirámides se terminaban con un acabado de láminas de piedra caliza que las dejaba absolutamente blancas, perfectas y resplandecientes bajo la luz del sol, con la zona superior recubierta de oro. De esta forma la pirámide se convertía en una especie de gran faro que, refulgente bajo los rayos de Ra (el dios del disco solar) guiaría a la gran barca celeste de piedra en la que el Faraón había de navegar hacia Orión si superaba el juicio de los muertos. Ni qué decir que las incursiones de los ladrones, el clima y el paso de los siglos (a los que se suma la devastadora campaña africana de Napoleón por una parte, y la del Afrikakorps del Mariscal nazi Erwin Rommel por otra) han sido suficientes para acabar con el recubrimiento original, dejando al aire y a merced de la erosión por las arenas del desierto lo que vemos actualmente.

Pirámides de Gizeh

¿Y, de qué color sería el Coliseo de Roma? Si pensamos que tal y como lo vemos ahora, de nuevo caemos en el error. Lo que se puede contemplar actualmente no es más que un esqueleto de piedra y hormigón que estaba recubierto por placas de mármol blanco de Carrara. Este método, denominado por los romanos opus incertum, reducía drásticamente el coste de las edificaciones nobles, haciéndolas parecer construidas por completo en bloques de mármol pero ahorrándose un auténtico dineral al utilizar materiales ordinarios para el relleno. El Anfiteatro Flavio (Coliseo a nivel coloquial) debió de permanecer tal y como era en orígen hasta finales del Renacimiento, época en que el inicio de las obras de construcción de la Basílica de San Pedro del Vaticano provocaron que se arrancasen las placas de mármol para utilizarlas en los muros de esta pequeña Ciudad de Dios.

Coliseo de Roma

Si del aspecto de algo estamos seguros, ese sería el caso del Partenón de la Acrópolis de Atenas. Construido con bloques completos de mármol, a diferencia del Coliseo romano, debía tener una apariencia blanca e inmaculada, ya que tanto los restos que quedan en pie como todo lo que hay desperdigado a su alrededor es blanco, perfecto y en bloque, sin ningún tipo de rellenos. Todas las crónicas anteriores a su destrucción parcial durante el sitio a Venecia del S XVII, al ser convertido en polvorín por los turcos que terminó siendo explosionado, relatan que por los siglos de los siglos ha conservado su blanco puro. De nuevo estamos equivocados, ya que mediante las últimas tecnologías aplicadas al campo de la conservación artística se han podido realizar catas de restos de pigmentos sobre el mármol y el resultado ha sido completamente soprendente. Los griegos pintaban el mármol blanco, tanto de sus esculturas como de sus edificios, en vivos colores. La lluvia acabó con estos pigmentos, disolviéndolos en un plazo breve de tiempo.

Partenón de Atenas

Un último ejemplo, esta vez de algo más próximo a nuestros días: la Estatua de la Libertad. Donada por el pueblo de Francia a los Estados Unidos de América en 1886, nació en época de la fotografía, por lo que su estado no podría ser muy diferente al actual ya que ha sido documentada por este medio en millones de ocasiones desde su construcción. Podríamos decir que en este caso es así, pero no del todo. Siempre hemos visto a la Dama de Bronce de color verdoso en las fotos, ya que esta es la pátina que suele cubrir este metal al estar a la intemperie (cardenillo), aunque se sabe por documentación de la época que en el momento de su fabricación por piezas en Francia era de color dorado y con un acabado pulido y brillante.

Estatua de la Libertad, Nueva York

Con el tiempo del traslado (bastantes días de barco en esa época), se sabe que en el momento de la instalación uniendo todas las piezas el aspecto se había modificado hacia un color bronce oscuro por efecto del clima. Unos pocos meses después comenzó a tornarse verde por efecto del cardenillo, y ha pasado la mayoría de su vida con este aspecto. Al hilo de esto, en hipmunk recogen un poco de su historia y una posible reconstrucción de su color inicial.

Y es que, en el mundo de la arquitectura emblemática, nada es lo que parece a primera vista. ¿Se creerán nuestros descendientes dentro de trescientos años que el Guggenheim de Bilbao era de un reluciente color titanio? ¿Seguirán siendo blancos para entonces los edificios y puentes de Santiago Calatrava? ¿Alguien recordará que la Torre Agbar de Barcelona se encendía con vivos colores por las noches?

Archivado en Arquitectura, Color
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