AMOUR, amor en mayúsculas

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El Festival de San Sebastián ofrece un menú cinematográfico muy rico y variado. No hay tiempo para nada más que ver cine, el paraíso debe ser algo así. La única perla no es la Concha de oro. En la gala de apertura se entregó el Gran Premio Fipresci al autor de “La cinta blanca” por su nueva película, “Amour”. Michael Haneke es un cobrador sin frac, ya lleva dos. Y hablando de premios. En la rueda de prensa de “Fraude”, preguntaron a Richard Gere por el Oscar… Jean-Louis Tringtinant tiene que estar revolviéndose en su casa. Que no en su tumba, gracias a Dios. Su actuación es portentosa, su mirada es un libro sin fin. Hay una escena en la que consulta a Anne… ¡Tienes que verlo!

Gran Premio Fipresci

El resumen oficial de la historia, poco más se puede decir:

Georges y Anne, los ochenta cumplidos, son dos profesores de música clásica jubilados con una gran cultura. Su hija también se dedica a la música y vive fuera de Francia con su familia. Un día, Anne sufre un ataque. Al volver del hospital, un lado de su cuerpo está paralizado. El amor que ha unido a la pareja durante tantos años se verá puesto a prueba.

Michael Haneke ha ganado por segunda vez en su carrera el gran premio Fipresci a la mejor película del año con esta sensible y desgarradora historia. Supongo que algún hombrecillo gafapasta las habrá visto todas y yo confío en él. ¿Qué otra cosa podría hacer? A mí me ha conmovido, me quito la careta, los diques de mi bañera de lágrimas han sufrido para contener la marea de sentimientos. Soy un barroco con alma de viejo. Amour ha paseado su tierna mano acariciando mi fibra sensible, no puedo negarlo, y cuando más confiado estaba, meciéndome en el ritmo lento de ese drama parisino, me ha dado un bofetón de campeonato. ¡Plas!

Habrá gente que lea el título de la película y entre al templo sagrado del cine esperando ver otra edulcorada crónica vampírica, seguro, y saldrán blancos, espantados. Despiertos. La realidad no es que supere a la ficción, inventamos la ficción para entender un poco la realidad.

Ensayos

Bien, los adjetivos hay que demostrarlos, he dicho que es sensible, y como juego al póker, subo más, añado inteligente, pero no a la ligera, no me refugio en lugares comunes porque es más cómodo. Haneke nos da una lección que las autoridades sanitarias deberían recetar masivamente. Georges, que se llama como yo pero vale cien veces más, tiene algo muy claro. Quiere a Anne. Amar siempre me ha parecido muy cursi, lo siento, y sé que “querer” se queda corto a veces, pero en 35 años no he encontrado una palabra mejor. Seguiré buscando. En cuanto a “desgarradora” no puedo demostrarlo ahora sin deshilachar el final, así que sumaré una contradicción más a mi lista de contradicciones.

Me había quedado en que Georges quiere a Anne. En las primeras escenas resulta evidente, ha sido su compañera de intimidades y de risas, de obligaciones y de aficiones, una relación sana y cómplice a pesar de los años. A pesar de los contratiempos. Aunque sean definitivos. El ataque que la deja paralizada, primero del lado derecho y luego postrada en la cama, lo cambia todo, pero no es un truco de guion, es una desgracia real que algún autor anónimo escribió con renglones torcidos. Las enfermeras, los amigos e incluso su hija, cambian su comportamiento con ella. Pasan de respetar y admirar a Anne a tratarla como una enferma o una niña, a tener pena. No es maltrato, es algo mucho más humano. Y eso es algo que Georges percibe y detesta. Por eso se recluye, respeta tanto a su mujer, que no soporta esas actitudes. Anne no se lo merece. Estos detalles y matices los vemos, no nos los dan mascados, el director no solo lo hace de una forma sutil e inteligente, sino que presume un espectador igual.

La carga de cuidar a una mujer tan mayor e incapacitada es muy pesada, rutinaria, para esclavos sin iniciativa, para robots sin sentimientos. O eso parece desde fuera, y en parte lo es. Sin embargo un rato cada día, ellos dos cantan “a su manera”, o comparten viejas anécdotas como si nada hubiera cambiado. Es la chica de ayer. Son gotas en la lluvia que solo Georges distingue, es aire que da vida a sus lágrimas secas.

Jean-Louis Tringtinant y Emmanuelle Riva bordan dos personajes inolvidables. Ella es una señora de una elegancia sublime, culta y cariñosa, una mezcla entre Audrey Hepburn y Ana Diosdado. A medida que su cuerpo se apaga, crece nuestra empatía con su marido, son vasos comunicantes. Su interpretación en ningún momento se ve forzada, todo fluye de forma natural, como una sinfonía de Schubert.

En fin. Si te gusta el cine, si no necesitas 200 imágenes por minuto para mantener tu concentración, si eres observador y disfrutas de los gestos delicados, esta es tu película. ¡Ah! Se me olvidaba, si eres capaz de ver romanticismos más allá de ramos de flores, peticiones de matrimonio, o diamantes de 478 kilates, no te la pierdas.

Archivado en Amor, Amour, Crítica, Donostia Zinemaldia, Festival de San Sebastián
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