Un día en las carreras… en el Zinemaldia (II)

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En la primera parte de este artículo os conté cómo es una mañana en un Festival de Cine. En el Zinemaldia. Un día cualquiera, corriendo de cine en cine por San Sebastián, de película en película. Hoy toca la tarde. Sé que tendría más valor si fuera una historia original, pero siento decirte que está basada en hechos reales, mi imaginación ha estado quietecita. No era necesario añadir nada. Espero que te guste, aunque no aprendas nada. ¿Qué sentirías si presentas tu película con todo el amor del mundo, y hay una desbandada?

Son las 14:53:13 más o menos, cuando entro a la sala 1 del Kursaal por la alfombra roja. A mi derecha más de 30 fotógrafos, a mi izquierda el photocall. Yo, cabizbajo, a toda prisa y con las manos en los bolsillos. En esas, noto un flash, y miro a la derecha con cara de Adam Sandler. ¡Que no soy nadie! Menos mal que las fotos ya no valen dinero, o tu jefe te daría un buen coscorrón.

Donostia Zinemaldia

Me apoltrono en un buen sitio y comienzo mi ritual como si fuera Rafa de Manacor. Apago mi móvil moribundo, mochila entre mis pies, botellín de agua al alcance de la mano. Ojalá pudiera darle ya al play. A las 15:00 aparece el presentador en el escenario y me libra de una charla incómoda con una espectadora parlanchina. Después de una introducción en euskera y español, presenta al productor de As linhas de Torres, una miniserie que llega al Festival, en la sección Zabaltegi Especiales, como largometraje:

Tras los fallidos intentos de los generales Junot y Soult por conquistar Portugal en 1807 y 1809, Napoleón Bonaparte envió en 1810 un poderoso ejército al mando del mariscal Massena para invadir el país. Los franceses alcanzaron con facilidad el centro del país, donde les esperaba el ejército anglo-portugués al mando del general Wellington…

Por el escenario desfila casi todo el reparto, vestidos con sus mejores galas y luciendo esa sonrisa que Dios o el dentista les ha dado. Desde la directora a Catherine Deneuve, pasando por Isabelle Huppert o Marisa Paredes. ¿Te imaginas ver así cada película?, junto a los creadores. Un lujo. Termina el breve acto y en medio de mi despiste, veo al equipo de Valeria Sarmiento subiendo por las escaleras para sentarse en sus localidades. Avanzan entre polvo de estrellas, o de flashes. Casualmente, se quedan dos filas más atrás que la mía. Pobre Catherine, tuvo que llegar exhausta.

La película, o la miniserie, prometía, es una buena historia enmarcada en una época muy cinematográfica, pero… ¡es muy aburrida! ¡Y son casi tres horas! Las subtramas no tienen chicha y solo John Malkovich como Wellington secuestra tu atención en sus escuetas apariciones. Al terminar el primer episodio unos pocos aprovechan los títulos de crédito que no habían cortado, ejem, para levantarse y dar por finalizada la sesión. Yo sigo ahí, impertérrito, esperando que remonte. Soy optimista por naturaleza, y eso te asegura un disparo en el pie cada cierto tiempo.

El segundo episodio mejora tanto como un español aprendiendo inglés. A esas alturas ya podían llamarme reprimido. Más de tres bostezos disimulados bajo mi mano cóncava. Vale, puede que cuatro. Dos tercios de aburrimiento napoleonico desgastan la paciencia de otro grupo, y en el segundo intermedio llega la desbandada. Más de 60 personas. Yo miro hacia atrás, curioso y cariacontecido, pero la cara de circunstancias de la Deneuve y los ojos llorosos de Marisa se mimetizan con la oscuridad de la sala. Qué marrón.

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No gasto ni media neurona en pensar en lo que han sufrido mis ojos, salgo pitando, pero las malas noticias corren más que la pólvora, y al pisar la calle, llueve. A cántaros. Había quedado claro, As linhas das Torres era un fracaso. No. Había quedado con un amigo para tomar algo en la parte vieja. Cerca del Teatro Principal, donde a las 19:30 me espera Fernando Trueba, El artista y la modelo, mi última sesión. Toca correr, pues. Pies para qué os quiero.

Ahí está mi amigo, de brazos cruzados en el Boulevard, junto a una pastelería. Tras un intercambio de saludos afectuosos y un par de palmadas en la espalda, que habrían tumbado a Shaquille O´Neal, nos quedamos quietos; y no es que tengamos poco que contar. El escaparate de la pastelería nos ha embrujado. Un maxibuñuelo de chocolate pronuncia mi nombre.

Me lo entregan envuelto en una bolsa marrón canela y con cinco servilletas. ¿Para qué tanta prevención? ¿Tengo cara de sucio? ¿Se leen mis pensamientos? Primer mordisco, y nada de chocolate. Un bluf, he elegido mal. Otra vez. Es igual, sigo mi cháchara en la calle, bajo el soportal, guardo la bolsa y los pañuelos en el bolsillo, maldigo al invierno de septiembre y continúo echándome unas risas, las anécdotas salen de sus escondites. Y sin embargo, no estoy del todo a gusto, me siento observado. Hasta que caigo en la cuenta de que no soy Robert Redford y miro al suelo. Soy un capullo. Un gran charco de chocolate junto a mi zapatilla marrón, no deja lugar a dudas. Parece que me han trasplantado la mano derecha de un congoleño. Obviamente, los cinco pañuelos no fueron suficientes para limpiarme. Tenían razón. Gracias a Dios no se leen mis pensamientos.

Donostia Zinemaldia 60

Se respira amor por el cine en las colas. Es una delicia. Las mejores críticas, las opiniones más perspicaces tienen firma anónima. Si lees una buena idea de un crítico de cine, te aseguro que el copyright no es suyo, es un robo intelectual. Y eso también debería perseguirse. ¡Vive Dios! En contraste, te topas con verdaderos frikis. Por ejemplo. Un tipo que se sienta a mi lado con un gran problema. Le dice a su amigo que no se sabe el número de teléfono de Mario, pero que sabe marcarlo. Y hace el gesto con los dedos volando a un centímetro de la pantalla del móvil. Cinco, cinco, seis, cuatro… Lo cuento como real, pero no puede ser verdad, debí quedarme dormido. Una cabezadita.

En la Francia ocupada de 1943, viven un viejo escultor y su esposa en un pequeño pueblo cercano a la frontera española. El artista Marc Cros, de 80 años, dejó de esculpir hace ya tiempo. Ha visto dos guerras y, desilusionado, no espera gran cosa de la vida y de la especie humana. Pero un día su mujer, Léa, recoge de la calle a una joven campesina española, Mercè, que huye del ejército franquista. El matrimonio le ofrece a Mercè que viva en el taller del escultor y, mientras dure su estancia allí, que sea su modelo en la que será la última obra del viejo Cros. Poco a poco, nace una hermosa relación entre la joven que acaba de empezar a vivir y el artista que ve cercano su horizonte final. En el taller de la montaña, mientras trabajan, modelo y artista hablan con sencillez y cercanía de todo lo que les rodea.

La película me gustó, la sección oficial está teniendo un magnífico nivel este año. Te hace pensar, te entretiene y tiene planos de gran belleza. No hablo de los desnudos de Aida Folch. Que también son de gran belleza. Es una historia sutil y profunda que detiene el tiempo. Es un blanco y negro clásico y sencillo. ¿Qué sentido tiene el arte? ¿Todos podemos entenderlo si nos detenemos a observar? ¿De dónde viene la inspiración? ¿La idea que traen las musas?

A las 22:00 sale el bus para Eibar, así que tengo tiempo de dar un paseo por Alderdi Eder. La Bahía de la Concha se ve imponente. Hermosa. Saco mi Galaxy SII para sacar una foto, pero a esas horas respira el mismo aire que los hermanos Lumière. Mi mente no para de dar vueltas, ha sido un día completo. Lo mejor, Dans la maison. Sin duda.

A las 23:02:12, más o menos, abro la puerta de casa. Seguido, la del frigorífico.

FIN

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