Buen rollo en las tinieblas

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Un tipo achaparrado conversa con su rolliza mujer a mi lado: Tienen que hacerle una placa, pero él no quiere. Dice que se quiere morir. Que para vivir sin valerse por sí mismo, mejor está bajo tierra. Ya le he dicho, a ver quién le pone “la inyección”. Yo, desde luego, seguro que no. Bla, bla, bla. Suficiente, me pongo los cascos, necesito a los Beatles. Es la conversación más alegre que he escuchado estos días en los pasillos del hospital. Me duele la tripa de tanto reírme. Es tronchante. Me froto los ojos. Odio los camisones abiertos por detrás.

Pasillos lamentaciones

Te sientas en el sofá azul que hay junto a la cama, y notas cómo te sube la depresión a la cabeza. Escuchas el silencio, son dos segundos de paz. Ha sido una mañana de locos. No somos nadie, maldita edad, estás derrengado y no has hecho nada. Vale, empezaré por lo esencial, yo no estoy enfermo. Pero es igual, un hospital es un cultivo de virus y bacterias, pronto estaré tosiendo, o tendrán que amputarme el dedo corazón. Ironías.

Puertas cerradas ojos

Te propongo un juego. Imagina que te ha tocado estar con un familiar en el hospital, una abuela por ejemplo. Si está pachucha, delicada, eres un pozo de amargura, obviamente, solo tienen que mirarte para que les caiga encima el tsunami del ahogo. Glup, glup. El aire está cargado con balas de desaliento, la ventilación es un aspa que te degüella, te asfixia. No es que lo veas todo negro, es que acabas de probar las gafas de realidad aumentada de Google.

Hay otra opción, “tu coche” solo necesita descansar en boxes unos días, una puesta a punto, se intuye una visita fugaz y piensas que solamente es un ligero revés, que nada te afectará. Que tú puedes seguir concentrado en tus asuntos, que no eres uno de ellos. Pobres, qué pena me dan. ¿A qué hora juega esta noche el Barca? Yo y mi burbuja. Gran error. Mi burbuja y yo. Tampoco.

En ese caso, el contagio de la peste negra de hospital es más paulatino, tu sonrisa no se congela de repente, pero mentalízate, no te vas a librar, es inevitable. Ya se encargarán de ello tus “vecinos”, o los quejíos de Camarón que escapan de la habitación 269. Te despiertas dando un respingo. Nuestras rutinas circulan por autopistas de seis carriles, vivimos a toda velocidad, a lo loco, y cerrar por dentro la puerta de un hospital es un frenazo, un derrape que te deja desorientado. Ves y escuchas lo que no quieres ver ni escuchar.

Pasillos desiertos

Cada media hora hay que salir al pasillo de las lamentaciones. Una enfermera sádica quiere pinchar un brazo para extraer sangre, o es la hora de pasar la fregona más limpia del Oeste, o las auxiliares tienen que asear a tu abuela, o ha llegado uno de los médicos y necesita intimidad para intimidar, o tu vecina necesita ayuda para ir al baño… mil disculpas para escupirte a la calle. Al pasillo. Y ahí no creas que te sentirás mejor, no encontrarás el cielo despejado. Otros familiares, o verdugos, con el abatimiento por bandera, ojos de luto y palabras torturadoras, querrán consolarte. O consolarse; con tu pañuelo. Sonríes y aguantas abrazado al mástil en medio de la tormenta. ¡Piratas!

Las tardes son tan largas como un día de verano en la infancia. El primer hombre que se aburrió estaba en un hospital. De vez en cuando oyes un grito lejano, o una risa que tapa un hueco durante medio segundo, avergonzada. Un poco de respeto para los cuerpos que yacen en esas camas sin alma, por favor. Las cadenas del pesimismo no te sueltan. Escuchas paciente todos los dolores de tu abuela otra vez, impávido e impotente. Así no es la vida. Aúllas, tu perfil recortando la luna, eres un hombre bobo.

Archivado en Depresión, Sociedad
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