Los Miserables también cantan

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158 minutos. Un musical con subtítulos. Una obra clásica. Víctor Hugo. Miseria decimonónica. Si aún así sigues leyendo, podemos charlar tranquilamente de la película de Tom Hooper, creo que ya he ahuyentado a los que se alimentan de la cultura de la hamburguesa. Los Miserables es un Titanic con rumbo al Kodak Theatre de Los Angeles. Los Óscars. La historia no es tan lejana como podría parecer, y no lo digo porque transcurra en Francia. ¡Oh, Gavroche! Qué falta nos hace tu espíritu hoy en día…

Musical Tom Hooper

Víctor Hugo:

El hombre es el águila que vuela;

la mujer es el ruiseñor que canta.

Volar es dominar el espacio;

cantar es conquistar el alma.

Los Miserables nació el 23 de febrero del 2009, durante la ceremonia de los Óscars. Hugh Jackman y Anne Hathaway deslumbraron al auditorio. Se marcaron un “improvisado” cortometraje musical que nos dejó boquiabiertos. Tom Hooper, al que admiro sobre todo, por la excelente The Damned United, y no tanto, por El discurso del rey, estuvo allí. Aunque aquella noche no saliera de casa, aunque sus posaderas descansaran en su sofá desconchado. Vio lo que todos vimos, estos chicos necesitan una historia, no un escenario, saben cantar, tienen ese “algo” especial. Duende. Y qué mejor, que la leyenda de Jean Valjean…

Jean Valjean

Un expresidiario, (Hugh Jackman), un alma en busca de la redención, un mendrugo perseguido durante décadas por el insaciable policía Javert (Russell Crowe). El hombre que fue lobezno ha violado la condicional que le conducía a la ruina, a vagar hacia el abismo, y eso es pecado mortal. Cuando más perdido está, un religioso confïa en él, le dará una nueva oportunidad que no desaprovecha. Le inyecta dignidad.

Años más tarde, por azares de la vida, Valjean decide hacerse cargo de Cosette, la pequeña hija de Fantine (Anne Hathaway). Victor Hugo describió como nadie la miseria y la agitación de la Francia de principios del siglo XIX. La decepción del pueblo tras la revolución francesa.

Veamos, si tus gafas son de celuloide, y tu Rh, negativo, es posible que debas salir del cine al terminar la escena del principio, los esclavos arrastrando el galeón al puerto, tirando de la cuerda. Esto es teatro, muchacho. Una producción muy arriesgada. Antes de partir en dos tu ticket, debes saber que es una adaptación cinematográfica del famoso musical Les misérables, que por cierto, lleva más de 25 años paseándose por las tablas de medio mundo. En realidad, son Claude-Michel Schönberg y Alain Boublil, y no los responsables del filme, quienes reciben los silbidos o los vítores.

¡Ah! Apúntate esto bien clarito, dejemos escrito negro sobre blanco quién es el genio: todo este tinglado está basado en la novela homónima del gran Víctor Hugo. A lo que iba, es una historia completamente cantada. Por eso, yo no espero “realismo” puro, quiero algo auténtico. En este sentido, no dejaré escapar la oportunidad de destacar la puesta en escena, y el trabajo del diseñador de vestuario, el español, Paco Delgado, y desde luego, unas interpretaciones turbadoras de las que hablaré unos párrafos más abajo.

Los Miserables

No obstante, lo fundamental que quiero remarcar en esta crítica, perdóname si roza la pedantería, es la estructura del guion. Deja que me explique antes de mandarme a las galeras. El guion es una sucesión de canciones; en versión original y subtituladas, no podía ser de otra manera. ¿Eso qué supone? Si te gusta el número y el actor está inspirado, no parpadeas, obnubilado, pero el siguiente, quizás no te toque la fibra sensible y te distraigas un poco. Conclusión: discontinua.

¡Que sí! ¡Que hay que leer los subtítulos! Otro aspecto del guion que no queda claro, es la inflexible motivación de Javert para perseguir a Valjean con un cuchillo entre los dientes durante tantos años. ¿Por qué? Un mendrugo de pan no puede ser la causa de una obsesión tan marcada. Y tampoco me apasiona la historia de amor entre Cosette y el pelirrojo de Los pilares de la tierra. O el triángulo con Eponine. Demasiado vulgar, aunque ya lo sé, no me des una colleja, era así en la novela, insulsa. Vale, vale, yo mismo me tiraré la primera piedra por tener la desfachatez de juzgar al genial escritor francés.

La dirección de Hooper está siendo muy controvertida en los mentideros más exclusivos. Y con razón. Esta vez, yo estoy de acuerdo. Tiene aciertos y desaciertos. La cámara se mueve con el traqueteo de una locomotora de vapor, como si Dean Martin la llevara al hombro después de una dura y larga noche en Las Vegas. Hay secuencias donde se hace demasiado evidente, es otro protagonista, y te marea. Fija esa maldita cámara, capullo. Y… además, están esos alocados zooms a lo Moulin Rouge que no tienen sentido, y que me hacen vomitar. Por no hablar de los escasos recursos cinematográficos que demuestra. Muy pobre.

En fin, voy a dejar de dar palos, que no son de ciego. Cuando Tom Hooper se olvida de copiar a Baz Lurhman, toma una determinación que yo aplaudo hasta con las orejas. Se deja de tonterías, frena y nos envuelve en primeros planos. Emotivos, descarnados. Otra de las claves de la película es la decisión de Hooper de grabar los números musicales con sonido directo, sin trampa ni cartón. Estas dos llaves abren las puertas de par en par al lucimiento de los actores.

Y en mi modestísima opinión, más que a nadie, a Anne Hathaway, que borda I Dreamed a Dream. Es sobrecogedor ese primer plano de su cara magullada, una mujer atormentada, llorando y cantando, bamboleando con ternura nuestras entrañas, para después, en un descuido, clavarnos un puñal oxidado y vibrante. Transmite, impregna de emoción la gran pantalla. A mi lado, la gente se revolvía en sus butacas, y disimulaban frotándose la frente con los dedos. No tiene la voz de Barbra Streisand pero contagia su sufrimiento, su tragedia.

Barricadas

Pasaré de puntillas por las interpretaciones de Amanda Seyfried, Samantha Barks y Eddie Reydmayne. Aunque me gustó la canción íntima del pipiolo, cuando vuelve desencantado al lugar donde preparaban la gran rebelión y soñaron con las barricadas. Empty Chairs and Empty Tables. “Vosotros habéis muerto y yo sigo vivo”. Me puede la melancolía…

La vis cómica de Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter, la profesionalidad y apostura de Russel Crowe… peones necesarios en esta épica partida de ajedrez, pero el rey indiscutible es Hugh Jackman. No esconde nada, lo da todo. Excelso. Ahora te contaré un secreto. Mi pieza preferida no es la reina, es el caballo, es más impredecible. Y ahí encontramos a Gavroche, la auténtica revelación, el revolucionario y provocador niño, encarnado por un gigante llamado Daniel Huttlestone.

En consecuencia: Los Miserables es una película para ver en una sala de cine, sí, y sin embargo, no deja de ser un musical de teatro. Digna, entretenida, yo me lo pasé en grande. Pero da pena, es triste, ¡lo que podría haber sido en otras manos más expertas! Una historia de superación, de redención, de amistad, de sacrificios, de amor y de guerra. Todos hemos sido en algún momento de nuestra vida Fantine, o Eponine e incluso Javert. En serio, Víctor Hugo no solo radiografió el alma de una época, no hace falta haber estado privado de libertad durante 19 años para ser, o sentirse, Jean Valjean. El preso 24601.

Archivado en Anne Hathaway, Crítica, Hugh Jackman, Los Miserables, Opinión, Tom Hooper
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