“Un trozo invisible de este mundo” o la desgracia del teatro ineludible

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Juan Diego Botto se puso a escribir esta función, febril e indignado, cuando llegó a sus oídos cómo cerró los ojos para siempre Samba Martine. Una congoleña que murió de frío. Y no hablo de grados Celsius. Se me calienta la boca con la indiferencia, la dejadez, la crueldad, la negligencia… La pobre mujer se quejaba porque sufría dolores enloquecedores (se supo después que los causaba un hongo, y que era seropositiva) y en el Centro de Internamiento para Extranjeros le daban pomadas. Cinco monólogos sobre la inmigración y el exilio, que son pura vida. Qué gran país, aquél en el que no es necesario firmar una obra como esta.

Teatro Juan Diego Botto

Imprescindible. Una obra de teatro que no te puedes perder. Bien, bien, bien, ¡no me grites! Yo pagué quince euros, no es tan caro, si consideras que la cultura es un bien necesario. Claro, los gobiernos no la traten como tal y suban los impuestos para saldar cuentas. Prefieren un pueblo sumiso e ignorante. La cultura es el balcón desde donde aprendemos la calle, el mirador que nos da perspectiva, el microscopio de nuestras miserias.

Juan Diego Botto y Astrid Jones

No voy a indignarme demasiado, que me salen arrugas, así que simplemente, voy a contarte qué me pareció la función. Como esto es una crítica, diré que no es una obra redonda, tiene aristas, y puede que en algún momento, tu concentración decida buscar las sensaciones que te provocan las palabras que escuchas, en tus propias experiencias, y te salgas de la historia, pero no importa. Son tantas las virtudes, las ideas y el compromiso que condensa Un trozo invisible de este mundo, que el resto son sombras necesarias para divulgar el desconsolado y cristalino mensaje. Colócate en posición fetal y cierra los ojos. Vamos a hablar de inmigración y exilio.

Por el escenario desfilan cinco personajes y cientos de historias. Juan Diego Botto despliega su cola de pavo real, está espléndido, aunque desde que vi Martin Hache, no tenía ninguna duda de su solvencia. Él solo, llena el escenario, su personalidad y su interpretación atraen tu mirada como la gravedad a la manzana de Newton. Lo mismo sentado sobre una maleta, que saltando como Errol Flyn en Robin Hood. Y a su lado, protagonista de uno de los monólogos, Astrid Jones. Una buena actriz. Excelente en la expresión corporal, y con una voz extraordinaria, pero carente de la naturalidad del señor Botto. Precisamente esa historia, fue la cuna de esta obra. Una “anécdota” real.

Samba Martine era congoleña y murió a los 34 años en el hospital Doce de Octubre de Madrid en circunstancias muy oscuras. Había sido trasladada desde el Centro de Internamiento para Extranjeros de Aluche donde pasó 30 días recluida, y semanas, quejándose de unos dolores terribles. Luego descubrirían que tenía sida. El caso es que pidió once veces, nada menos, ir a enfermería, pero no le hicieron caso. Le dieron pomadas. Solo una vez, estuvo acompañada por un intérprete. Almas de cántaro. Murió a las seis horas de entrar al centro médico. Ahí ya sí, se destapó la verdad, la cara oculta de la tragedia, la cruz bañada en sangre, un hongo, que suele darse en personas con las defensas muy bajas, se la había comido por dentro. Criptococosis sistémica. Era portadora del VIH y no lo sabía.

Se le practicaron tantas autopsias que su féretro tuvo que permanecer cerrado mientras su madre se aferraba a él desesperada. Quería abrazar a su hija pero no podía. Fui al funeral porque me avisó un amigo y aquella escena me afectó mucho. Empecé a documentarme en varias ONGs y empecé a escribir.

El personaje de Astrid pronuncia una de las frases clave:

Yo nunca recibí al nacer el papel que me daba la propiedad de un trozo invisible de este mundo. Cuando yo era como tú pensaba que la vida era dormir y comer y aguantar un día más. Para mí la vida era simplemente no sufrir, restarle horas a la muerte. Te digo esto, hijo mío, porque necesito contarte qué pasó…

Es obvio pues, el motivo que impulsó a Juan Diego Botto a redactar y montar esta obra. Fue un arrebato de rabia e indignación. Una necesidad. Tenía que expresarse, verbalizar el dolor que de otra forma, iba a reventar su pecho. Un desahogo de urgencia para que las sirenas de las ambulancias nos hicieran volver la vista a la realidad más atroz, de las calles que nunca pateamos.

Maletas cinta aeropuerto

Lo primero que llama la atención es una cinta de aeropuerto en el centro del escenario, por la que irán pasando las incontables maletas que descansan desperdigadas. Es un “espectáculo” producido por la madre del artista, Cristina Rota, que seguramente, siente punzadas horribles al escuchar el monólogo que nos cuenta la historia de la Escuela de Mecánica de la Armada Argentina, donde el padre de Juan desapareció sin cumplir los treinta años. Todo este tinglado lo dirige Sergio Peris-Mencheta:

En esta obra todos somos esa maleta que pasa por la cinta. Desde el primer monólogo, el del interrogatorio, que coloca a todos los espectadores en el lugar del inmigrante, queda claro ese punto de partida.

En fin, teatro para palpar el latido social, para reír y llorar con el drama de la crisis, la retirada de la cobertura sanitaria universal en España, la inmigración y el exilio. No es “Muu 2”, no solo ofrece pasar “un buen rato”. Sales encantado, aunque sientes que te han zarandeado la conciencia. Un trozo invisible de este mundo te hará reflexionar y además, es entretenida, te pincha, y si te duele, demuestra que aún no eres un muerto viviente. Te hago una apuesta. Te juego quince euros, a que los hombres de negro que nos gobiernan con mano firme, no verán esta obra…

Archivado en Crisis, Crítica, Opinión, Teatro
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