¿Sí o “NO”? Pinochet en la picota

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Hoy se estrena en los cines de toda España una película chilena. Vaya, creo que después de leer esta frase me quedan dos lectores. Una intriga política e histórica. Uno. Bien, entonces ya podemos hablar de tú a tú. “NO” cuenta cómo se desarrolló el plebiscito que derrocó al dictador Augusto José Ramón Pinochet Ugarte en 1988. Un hombre que nació en Valparaíso, la tierra que inmortalizaron en sus poemas Neruda y Ángel González. Y sin embargo, el augusto déspota era más prosaico, y con todo su poder, tenía una marcada debilidad por violar los derechos humanos. Te aconsejo verla.

Pablo Larraín Gael García Bernal

No es una película sucia, fea. Una película en la frontera entre el documental y el cine de ficción. En tierra de nadie. Y sin embargo, que su escasa belleza formal, su textura, sus colores y su composición invisible no te desanimen a comprar una entrada. Su imperfección tiene un propósito. Ese realismo es clave para empujarte al vacío y dejarte sin aire. No es Lincoln, aunque nos cuenta un hecho histórico crucial para un país americano. ¿Estados Unidos? ¡No! Chile. Pablo Larraín rueda un capítulo decisivo de la transición chilena, que si te digo la verdad, muy pocos de mis amigos conocían. Triste.

Filmar en cine o con las cámaras digitales de alta definición actuales hubiese generado una distancia con la imaginería de la época. Era importante esa fusión y ahora al verla no sé bien cuál es el material nuestro y cuál el de la televisión.

Pablo Larraín

Se abre el telón. La fecha que aparece en los periódicos de Santiago es 1988. La dictadura de Augusto Pinochet ha cumplido quince años. Los lamentables hechos acaecidos en septiembre de 1973 hicieron correr ríos de tinta, pero ya son papel mojado, Allende es historia. Por muchas presiones internacionales que sufra su gobierno, el canoso dictador no quiere ser otra línea más en un libro viejo.

¿Qué hacer? Toma una decisión que tapará muchas bocas y sin riesgo aparente. Ten en cuenta, que controlan todos los medios de comunicación. Una decisión “democrática”. Un plebiscito: Sí o no. Que la población decida si Pinochet continúa ocho años más en la poltrona. O todo lo contrario, que al fin salga el arco iris en Chile, que haya votaciones presidenciales. Venga, venga… ¡eso es imposible! ¡No hagas bromas pesadas!

El miedo y la manipulación serán los grandes protagonistas durante los 27 días que dura la campaña. La oposición al régimen es una jauría de hienas. Se muerden entre ellos. Una panda de egoístas, personajes planos, sin visión de futuro, testarudos, con mejores intenciones que talento, y sobre todo, con el pesimismo por bandera. ¡La cruda realidad!

Lo único que no se discute es la derrota. Que los chilenos presencien al menos, los crímenes y delitos de nuestro tirano, decían, esta pantomima no da para más. Sí, tenían razón, era un truco, ganar era una quimera. ¿Seguro? ¿Ni una posibilidad entre un millón? ¡No, no y no! Y más, si no te sabes vender.

Los encargados de la campaña nunca fueron conscientes de que su aventura era algo imposible, así que lo hicieron. Por mucho que les hostigaran, escogieron seguir aferrados al clavo ardiendo. Contratan a René Saavedra (un estupendo Gael García Bernal, para mí, en su mejor papel hasta hoy… y no solo porque lo diga el Hollywood Reporter), un publicista de éxito que regresa a Chile tras su exilio en México. Si Don Draper es la cara oscura de la luna…

René acepta, se implica hasta el cuello y se lo juega, forma un equipo, se rodea de colaboradores necesarios, y cambia radicalmente el punto de vista de sus “jefes”. Vende su “producto”, aunque los opositores a Pinochet, no entiendan por qué lo hace así y farfullen entre dientes. ¿Derrocar una dictadura con el payaso de Micolor? ¿Como si fuera una bebida gaseosa? No son ellos quienes deben captar el mensaje. Diseña una brillante y optimista campaña que propugna el “No”. La esperanza de un pueblo pende de un hilo, de la creatividad de un señor que aún frena con la suela de los zapatos en el asfalto, si quiere bajar de su patinete. No me fijé si era Sancheski…

Manifestación niño Gael

La desconfianza de la población es un gran escollo, una gran parte siente que el plebiscito estará amañado. Y sin embargo, animar a esa gente a que salga de casa y que meta el sobre en la urna, no es el único inconveniente. Habrá represalias, esta mano es seria, vas con todo, no puedes ir de farol. Nuestros protagonistas deben pensar en sus propias familias. Un dilema moral.

La publicidad juega un papel capital en esta historia. Las estrategias de campaña. Un proceso agotador y estresante. Puede que algún inocente se espabile al sentir el estruendo de este gong. ¡Somos títeres! René vende un producto o un concepto. No quiere enseñar cuerpos mutilados ni torturas. Piensa directamente en el público al que va dirigido, ¿qué quieren? ¿Qué espero que hagan? Prepara el jingle, un cartel, un anuncio… Son maniobras de manipulación, es una lucha. David contra Goliat, sí, pero una lucha. Irónicamente, los del “sí”, apelaban al miedo. Y los del “no”, querían que el pueblo tomara conciencia de las atrocidades que se cometían, y para eso, aparcaron el presente y el pasado y se subieron a un autobús de incierto destino. Es mejor viajar lleno de esperanza que llegar:

La alegría ya viene.

Una película que no solo se sigue con interés, yo no pestañeaba, absorto como un yankee viendo la final de la Super Bowl. Incluso sonreí ingenuo con los toques de humor negro. Es didáctica y contundente. Cuando los chilenos gritaban “sálvame” a la televisión, no era un lamento superficial. Se respira tensión en todo momento, el trabajo de Larraín en la dirección es más que notable. El país debe cruzar el puente en llamas que separa la opresión de la democracia, es una narración angustiosa, aunque podría haber sido predecible, las cartas estaban marcadas. No está nominada a los Óscars 2013, la primera cinta chilena que consigue llegar tan alto, a codearse con las estrellas. En la categoría de mejor película extranjera, por supuesto. Desgraciadamente, saben que este año no es necesario preparar discurso de agradecimiento. El Amour es obvio…

¡Un segundo! No quiero mentir por más tiempo… yo tampoco conocía este comprometido y relevante “suceso” político antes de sentarme en la butaca del cine. Soy Pinocho. Qué vergüenza. ¡Sí! La incultura es una esclavitud.

Archivado en Chile, Crítica, Donostia Zinemaldia, Festival de San Sebastián, Opinión
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