Fusión del núcleo del reactor 1 de la central nuclear de Fukushima

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TEPCO acaba de informar de la fusión del núcleo del reactor 1 de la Central Nuclear de Fukushima en Japón. Analizamos qué es lo que significa realmente esto y sus consecuencias, comparando esta central con la única del mismo tipo que opera en España con 41 años de vida: Santa María de Garoña.

La empresa TEPCO, la mayor compañía eléctrica de Asia, acaba de confirmar esta mañana que el núcleo del reactor 1 de la central nuclear de Fukushima ha sufrido una fusión. Esta es la peor noticia posible, situando definitivamente el accidente por encima de la gravedad del registrado en 1986 en la planta de Chernobyl (Ucrania) por la acumulación de problemas en cinco de los seis reactores.

Haciendo una recapitulación de daños en Fukushima, a la fusión del núcleo del reactor 1 se suman posibles fugas de agua radiactiva en las piscinas de refrigeración del reactor 2 y altísimas temperaturas en el reactor 3 que la propietaria de la central es incapaz de disminuir por ningún método. El reactor 4 estaba cerrado y sin combustible en el momento del terremoto y posterior tsunami, por lo que no ha resultado afectado. Los reactores 5 y 6 presentan daños parciales no especificados por la compañía, pero se encuentran dentro de una relativa estabilidad.

El panorama pinta cada vez peor para una central que se encuentra al borde de desencadenar un auténtico apocalipsis nuclear, no sólo por la reciente fusión en el reactor 1, sino por la posibilidad de que los millones de litros de agua radiactiva empleados en intentar bajar la temperatura de los otros reactores puedan ser vertidos al mar, desencadenando una catástrofe sin precedentes. TEPCO sólo ha divulgado informes de daños que realmente no aportan demasiada información sobre las posibles consecuencias del accidente, por lo que, ante tanto oscurantismo, es lógico ponerse en el peor de los casos.

Núcleo de un reactor nuclear

La tan temida fusión del núcleo es prácticamente el peor escenario posible al que puede enfrentarse un reactor nuclear, ya que implica su total inutilización y la imposibilidad de ser reparado en un futuro. A grandes rasgos, en una central del tipo de la de Fukushima, dentro del reactor se encuentra el combustible radiactivo (normalmente uranio o plutonio) en barras sumergidas en una piscina, cuyas reacciones en cadena desprenden una enorme cantidad de calor que calienta el agua del circuito de refrigeración, convirtiéndola en vapor que hace girar una turbina que a modo de gran dinamo produce energía eléctrica. La circulación constante de agua fría por el sistema garantiza el mantenimiento del núcleo (estructura metálica que envuelve las barras de combustible) a una temperatura controlada.

Fusión del núcleo del reactor 1 de la central nuclear de Fukushima

Interior de un Reactor nuclear

El problema surge cuando por un problema externo, como el caso del terremoto, el sistema de refrigeración deja de funcionar. El combustible nuclear aumenta de temperatura sin un riego constante de agua que retire el exceso de calor, el líquido de la piscina se evapora y las barras de combustible quedan expuestas al aire. Los técnicos de la central se han estado afanando durante semanas en inyectar agua de forma manual, de manera que el núcleo quede sumergido en agua, pero a tenor de los datos revelados por TEPCO, esto no ha sido suficiente. El combustible ha pasado tanto tiempo expuesto al aire a una elevada temperatura que su envoltura metálica se ha derretido, creándose una fuga de materiales radiactivos. El siguiente paso, prácticamente inevitable, es la emisión a la atmósfera de partículas altamente radiactivas.

Si bien el caso de la central de Chernobyl no es comparable con Fukushima, ya que su accidente se debió a un experimento incontrolado que terminó mal, sí que se pueden comparar sus previsibles circunstancias. El núcleo del reactor 3 se fundió, volando por los aires la cubierta del mismo y liberando radiactividad a la atmósfera. Los testimonios de los soldados soviéticos que sobrevolaron en helicópteros el reactor para lanzar hormigón que tapase la fuga narraban cómo las emisiones radiactivas hacían que las hélices de los aparatos se bloqueasen en el aire y cayesen a tierra, mientras a sus ocupantes se les desprendía la carne de sus cuerpos por sí misma. Es impactante la fotografía del cementerio de vehículos militares inutilizados por la radiación.

Cementerio de vehículos militares inutilizados por el accidente nuclear de Chernobyl

Ante una catástrofe de estas dimensiones, la única solución para Fukushima es la que se empleó en Ucrania, la construcción de un gigantesco sarcófago de hormigón que sepulte el reactor fusionado impidiendo emisiones de material radiactivo al exterior. Es un proceso largo, muy laborioso y con un enorme coste, que, según se desprende del caso de Chernobyl, no está garantizada su permanencia a futuro ya que a los 25 años del accidente se está comenzando a agrietar y necesitaría la construcción de un segundo sarcófago sobre él, con la importantísima inversión económica que requiere su construcción.

Si bien el panorama no es nada alentador, sí que podemos decir de alguna manera que, tristemente, ha tenido una consecuencia positiva para el resto de países desarrollados. La mayoría de gobiernos están revisando sus programas de centrales nucleares, como en el caso de Alemania, Suiza, Austria o Francia, cancelando proyectos futuros y clausurando preventivamente las centrales más antiguas. En España se echa de menos un plan similar.

Central Nuclear de Santa María de Garoña, con globo de Greenpeace

Y es que, cuando todo va bien, el negocio de la energía nuclear es un chollo para las compañías eléctricas. Centrales como Santa María de Garoña, cerca de la frontera de Burgos con Euskadi, que fue inaugurada en 1970 (esto son 41 años de vida cuando su vida útil proyectada eran 40) están amortizadas desde hace años y sólo producen beneficios para sus propietarios. Esto es así porque las compañías eléctricas sólo se hacen cargo del funcionamiento de la central, pero no de sus gastos derivados que son asumidos por el Estado. Esto incluye enormes importes que pagamos entre todos los ciudadanos: el transporte del uranio o plutonio desde el extranjero hasta España, el convoy policial que lo acompaña por evidentes razones de seguridad, el plan de seguridad militar y policial que rodea las centrales (objetivo estratégico terrorista según el Ministerio del Interior), la retirada de unos residuos nucleares activos durante siglos, su transporte (de nuevo con convoy policial) y su almacenamiento adecuado en el extranjero, ya que España no cuenta con instalaciones para ello.

Si las operadoras de centrales nucleares estuviesen obligadas a hacerse cargo de estos gastos resultaría que la energía nuclear sería inasumible, con lo cual se deduce que todo lo que la rodea y la promociona como “energía limpia y segura” no es más que una gran hipocresía. Hemos visto sus horribles consecuencias y sabemos que, además, su coste lo pagamos entre todos. La energía nuclear es un enorme peligro, es insostenible económicamente y son más sus posibles perjuicios que las emisiones de CO2 que ahorra.

Central Nuclear de Santa María de Garoña, radio de acción 50km 100km 150km

Una última reflexión, al hilo del reciente terremoto en Murcia que nos recuerda que la península ibérica está situada en una zona propensa a los seísmos, es que la central de Santa María de Garoña es del mismo tipo que la de Fukushima. Se encuentra operando al final de su vida últil (¡más de 40 años!), y un terremoto tendría efectos devastadores sobre ella tal y como estamos comprobando en Japón. En el gráfico (click para agrandar) se puede apreciar cómo en un radio de 50km se encuentran Vitoria-Gasteiz (238.000 habitantes) y Miranda de Ebro (40.000 hab.); en 100km el Gran Bilbao (1.000.000 hab.), Santander (180.000 hab.), Burgos (178.000 hab.) y Logroño (152.000 hab.) ; en 150km Donostia-San Sebastián (185.000 hab.), Iruñea-Pamplona (200.000 hab.) y Palencia (82.000 hab.).

En caso de problemas, y la central nuclear de Santa María de Garoña tiene muchas papeletas (es conocida por Greenpeace como “la central de las mil grietas”), las cifras de población hablan por sí mismas de la magnitud de un hipotético accidente. Hoy más que nunca, la energía nuclear no es el camino.

Archivado en Energía nuclear, fukushima
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